Vivir la Semana Santa en la Acción Católica

Lunes Santo: Ser luz para el hermano.

Oración: ¡Estoy tan bien como estoy! ¿Para qué hacer cambios? Y llega tu palabra inoportuna. ¡Cambia corazón! ¡Podrías pedir otra cosa! Pero tu Dios, vas a lo esencial, al corazón, a lo que nos duele. Allí donde casi ni sabemos que tenemos, porque pocas veces entramos en nuestro corazón. ¡Cambiar el corazón! Señor te lo confieso, me da miedo. Me lleno de excusas para seguir siendo como soy. Señor, me resulta dura tu palabra pero quiero escucharla y ponerla en práctica para ser luz.

Reflexión: Nos prepararemos juntos reflexionando en la Pasión de Jesús, haciendo nacer cotidianamente en nuestros corazones la luz y la esperanza nueva que la gran noche de la vigilia pascual brillará para todo el mundo… La vigilia pascual se acerca y tiene que significar para nosotros algo nuevo. No puede ser que celebremos otra vez la Pascua del Señor, como si nada sucediera, como si nada hubiese ocurrido en el mundo. No puede ser que celebremos otra Pascua de Jesús y el mundo siga rodando en su tristeza, en su inseguridad, en su desesperanza. En la gran noche de la vigilia pascual, todo será nuevo… ¿No te parece que el mundo hoy necesita cristianos verdaderamente nuevos? Cristianos que irradien el testimonio de una esperanza creadora?… Sin embargo, los hombres siguen sin descubrir en nosotros al padre, al hermano, al Cristo resucitado de quienes somos testigos. El fruto de la Pascua deber ser que queramos y aprendamos a ser luz. Hombres, mujeres, jóvenes hijos de la luz. Los frutos de la luz son verdad, justicia y amor. ¿Somos hijos de la luz? El mundo que camina entre tinieblas ¿Reconoce en nosotros el rostro de Cristo que es luz?

Meditación: ¿Tenemos conciencia realmente de ser luz? ¿No habrá algo que cambiar en nosotros? ¿No es cierto que la luz es alegría? ¿Por qué los cristianos no somos testigos de la alegría? En la noche de la Sagrada Pascua, en la noche de Vigilia Pascual, volveremos cantando “ALELUIA, CRISTO RESUCITO” ¿Lo percibirán nuestros familiares? ¿los vecinos? ¿la gente del barrio? La luz es alegría, pero si nos contemplan siempre tristes y aplastados, si nos ven cansados, aburridos ¿Qué van a descubrir los hombres en nosotros? ¿Qué pueden escuchar de nosotros si no les transmitimos el gozo de que realmente Cristo resucitó? ¿Somos profetas de la luz? ¿Hemos pensado que los cristianos debemos empeñar nuestras fuerzas en una tarea de evangelización, de madurez de la fe, de compromiso de la fe? ¿Anunciamos a Jesús en la sencillez de nuestra palabra, en la transparencia de nuestro testimonio? ¿Qué es lo que hay en mí que me impide este testimonio?

Martes Santo: Renacer al agua.

Oración: Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo y Padre nuestro, que has reconciliado contigo al mundo por la muerte y resurrección de tu Hijo, que nos preparamos para celebrar. Concédenos en este rato de oración la alegría de sentirnos hijos tuyos y dispone nuestro corazón para que renacidos por el agua seamos testimonio del hombre nuevo que nace de la Pascua. Amén.

Reflexión: El agua nos hace hijos en el Bautismo, el agua que nos purifica en la conversión, el agua que nos hunde en una comunidad para hacernos hermanos. El agua es como el signo del seno materno de Nuestra Señora, la cual, fecundada por el Espíritu Santo, dio a luz a Jesús. Fecundada otra vez por el Espíritu Santo, dará a luz a los nuevos hijos de Dios por el Bautismo. El agua nos limpia, nos purifica, nos hace nuevos, nos convierte. El agua fecunda nos hace hijos, nos hace hermanos. En la noche de la vigilia pascual, cada uno de nosotros celebrará su Bautismo… Por eso nos comprometemos otra vez a nuestra entrega total, definitiva al Señor. Esta compromiso implica conversión. ¿Qué es convertirse? Darse cuenta que algo anda mal, darse cuenta que nuestra mentalidad tiene que cambiar, que nuestro corazón tiene que madurar, que nuestra voluntad tiene que hacerse fuerte en la fidelidad, que algo en nosotros tiene que volverse más lúcido, más transparente, más filial, más fraterno. Pascua significa algo para nosotros si nos convertimos y la conversión supone una toma de conciencia muy sincera, muy honda, y también serena de nuestra situación de pecado. ¿Hay algo en mi que debe cambiar? ¿Algo de lo cual yo soy responsable? ¿No hay mucha mediocridad en mi? El agua de la vigilia pascual nos dará a luz la nueva creación. Nos sentiremos felices porque somos creados en Cristo Jesús, para las obras buenas, nos sentiremos felices porque somos hijos, porque ha nacido en nosotros el hombre nuevo. ¿Pero qué hago yo para que nazca en mi el hombre nuevo? Es necesario que haya un punto de arranque, que algo muera en nosotros. ¿Cómo es ese hombre nuevo? Un hombre libre, fraterno, señor de las cosas, que no se siente oprimido, esclavizado por las cosas, que sirve al Padre, a Dios y eso lo hace extremadamente libre. El hombre libre es hombre fraterno, un hombre en el que no hay divisiones, tensiones, es el hombre que ama, que comprende, que descubre los problemas, las angustias y tristezas de los hermanos, que participa de su dolor, que trata de dar su vida por ellos. El hombre nuevo no es un hombre egoísta, que se cierra en si mismo. Es el hombre que sabe que Cristo resucitó y no puede ocultar esa verdad. ¿Nos decidiremos a ser hombres nuevos?

Miércoles Santo: El Pan de la Vida.

Oración: Padre eterno, te alabo y bendigo y quiero cantar tu misericordia. Te agradezco porque me ofreciste tu perdón cuando me alejé. Eternamente cantaré tu misericordia y tu amor, porque has sido grande y generoso.

Reflexión: ¿Nos es cierto que el pan nos une? El pan es signo de una comida, pan sencillo y fraterno de nuestra mesa. Podrá ser ésta la mas o menos pobre, mas o menos rica, mas o menos abundante, mejor o peor preparada, pero la mesa nos congrega a todos. Cuando se trata de compartir algún sentimiento muy profundo nos decimos “vamos a comer juntos “. El pan que Jesús nos dejó para la vida del mundo, el pan de su propio cuerpo, de su propia sangre, también tiene que unirnos. Es el pan de la comunidad cristiana. ¿Celebramos de veras en nosotros la cena del Señor con espíritu auténticamente fraterno? ¿No habrá algo de mí que impide la unidad? ¿No habrá que hacer morir en mi ese egoísmo, ese amor propio, esa soberbia? ¿Porque no me abro a mis hermanos? Como necesitamos tener vida. Todo en nosotros aspira a la vida. Es necesario entonces el pan para la vida. Un pan de vida material que se sostiene por el pan que llega a nuestra mesa y ojala que ese pan que se gana con el sudor de la frente, que se trae a casa después de un ardua jornada, no falte nunca en la mesa de nadie. También es necesario el pan de la verdad, que se va comunicando por la palabra, por el ejemplo, por las enseñanzas en la escuela o en la universidad. Que necesidad tiene el mundo hoy de ese pan. Hay otro pan mas interior, es el pan de la amistad. Cuanto bien nos hace encontrar a alguien que nos llame amigo. Hace falta en muchos el pan de la amistad. Hay mucha gente que está demasiado sola. Hace falta el pan de la palabra. De la palabra minúscula que es nuestra palabra sencilla, sincera, fraterna. Palabra que decimos al hermano para animarlo. Y sobre todo, hace falta el pan de la palabra con mayúscula que es Cristo, manifestada, anunciada, comunicada para que nuestros hermanos encuentren la salvación. El mundo de hoy experimenta hambre. Hambre de justicia ya que estamos viviendo a nuestro alrededor innumerables injusticias que desgarran a nuestros hermanos. Hay hambre de justicia. Gritamos pidiendo paz. Pero si los hombres no nos decidimos a realizar cotidianamente la justicia, esa paz será simplemente un sueño. Hambre de esperanza ya que una de las características mas tremenda de la sociedad en que vivimos es el pesimismo que todo lo paraliza y lo frena, es la tristeza que todo lo oscurece y lo mata; ha muerto en nosotros la esperanza. Y sin esperanza no se construye nada. ¿No es el pan de la Eucaristía el pan que nos robustece, que nos da fuerza, que nos impulsa a la vida, que nos impide que nos cansemos? Necesitamos de ese pan.

Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la XXVII Jornada Mundial de la Juventud 2012

«¡ALEGRAOS SIEMPRE EN EL SEÑOR!» (Flp 4,4)

Queridos jóvenes:
Me alegro de dirigirme de nuevo a vosotros con ocasión de la XXVII Jornada Mundial de la Juventud. El recuerdo del encuentro de Madrid el pasado mes de agosto sigue muy presente en mi corazón. Ha sido un momento extraordinario de gracia, durante el cual el Señor ha bendecido a los jóvenes allí presentes, venidos del mundo entero. Doy gracias a Dios por los muchos frutos que ha suscitado en aquellas jornadas y que en el futuro seguirán multiplicándose entre los jóvenes y las comunidades a las que pertenecen. Ahora nos estamos dirigiendo ya hacia la próxima cita en Río de Janeiro en el año 2013, que tendrá como tema «¡Id y haced discípulos a todos los pueblos!» (cf. Mt 28,19).
Este año, el tema de la Jornada Mundial de la Juventud nos lo da la exhortación de la Carta del apóstol san Pablo a los Filipenses: «¡Alegraos siempre en el Señor!» (4,4). En efecto, La alegría es un elemento central de la experiencia cristiana. También experimentamos en cada Jornada Mundial de la Juventud una alegría intensa, la alegría de la comunión, la alegría de ser cristianos, la alegría de la fe. Esta es una de las características de estos encuentros. Vemos la fuerza atrayente que ella tiene: en un mundo marcado a menudo por la tristeza y la inquietud, la alegría es un testimonio importante de la belleza y fiabilidad de la fe cristiana.
La Iglesia tiene la vocación de llevar la alegría al mundo, una alegría auténtica y duradera, aquella que los ángeles anunciaron a los pastores de Belén en la noche del nacimiento de Jesús (cf. Lc 2,10). Dios no sólo ha hablado, no sólo ha cumplido signos prodigiosos en la historia de la humanidad, sino que se ha hecho tan cercano que ha llegado a hacerse uno de nosotros, recorriendo las etapas de la vida entera del hombre. En el difícil contexto actual, muchos jóvenes en vuestro entorno tienen una inmensa necesidad de sentir que el mensaje cristiano es un mensaje de alegría y esperanza. Quisiera reflexionar ahora con vosotros sobre esta alegría, sobre los caminos para encontrarla, para que podáis vivirla cada vez con mayor profundidad y ser mensajeros de ella entre los que os rodean.

1. Nuestro corazón está hecho para la alegría
La aspiración a la alegría está grabada en lo más íntimo del ser humano. Más allá de las satisfacciones inmediatas y pasajeras, nuestro corazón busca la alegría profunda, plena y perdurable, que pueda dar «sabor» a la existencia. Y esto vale sobre todo para vosotros, porque la juventud es un período de un continuo descubrimiento de la vida, del mundo, de los demás y de sí mismo. Es un tiempo de apertura hacia el futuro, donde se manifiestan los grandes deseos de felicidad, de amistad, del compartir y de verdad; donde uno es impulsado por ideales y se conciben proyectos.
Cada día el Señor nos ofrece tantas alegrías sencillas: la alegría de vivir, la alegría ante la belleza de la naturaleza, la alegría de un trabajo bien hecho, la alegría del servicio, la alegría del amor sincero y puro. Y si miramos con atención, existen tantos motivos para la alegría: los hermosos momentos de la vida familiar, la amistad compartida, el descubrimiento de las propias capacidades personales y la consecución de buenos resultados, el aprecio que otros nos tienen, la posibilidad de expresarse y sentirse comprendidos, la sensación de ser útiles para el prójimo. Y, además, la adquisición de nuevos conocimientos mediante los estudios, el descubrimiento de nuevas dimensiones a través de viajes y encuentros, la posibilidad de hacer proyectos para el futuro. También pueden producir en nosotros una verdadera alegría la experiencia de leer una obra literaria, de admirar una obra maestra del arte, de escuchar e interpretar la música o ver una película.
Pero cada día hay tantas dificultades con las que nos encontramos en nuestro corazón, tenemos tantas preocupaciones por el futuro, que nos podemos preguntar si la alegría plena y duradera a la cual aspiramos no es quizá una ilusión y una huída de la realidad. Hay muchos jóvenes que se preguntan: ¿es verdaderamente posible hoy en día la alegría plena? Esta búsqueda sigue varios caminos, algunos de los cuales se manifiestan como erróneos, o por lo menos peligrosos. Pero, ¿cómo podemos distinguir las alegrías verdaderamente duraderas de los placeres inmediatos y engañosos? ¿Cómo podemos encontrar en la vida la verdadera alegría, aquella que dura y no nos abandona ni en los momentos más difíciles?

2. Dios es la fuente de la verdadera alegría
En realidad, todas las alegrías auténticas, ya sean las pequeñas del día a día o las grandes de la vida, tienen su origen en Dios, aunque no lo parezca a primera vista, porque Dios es comunión de amor eterno, es alegría infinita que no se encierra en sí misma, sino que se difunde en aquellos que Él ama y que le aman. Dios nos ha creado a su imagen por amor y para derramar sobre nosotros su amor, para colmarnos de su presencia y su gracia. Dios quiere hacernos partícipes de su alegría, divina y eterna, haciendo que descubramos que el valor y el sentido profundo de nuestra vida está en el ser aceptados, acogidos y amados por Él, y no con una acogida frágil como puede ser la humana, sino con una acogida incondicional como lo es la divina: yo soy amado, tengo un puesto en el mundo y en la historia, soy amado personalmente por Dios. Y si Dios me acepta, me ama y estoy seguro de ello, entonces sabré con claridad y certeza que es bueno que yo sea, que exista.
Este amor infinito de Dios para con cada uno de nosotros se manifiesta de modo pleno en Jesucristo. En Él se encuentra la alegría que buscamos. En el Evangelio vemos cómo los hechos que marcan el inicio de la vida de Jesús se caracterizan por la alegría. Cuando el arcángel Gabriel anuncia a la Virgen María que será madre del Salvador, comienza con esta palabra: «¡Alégrate!» (Lc 1,28). En el nacimiento de Jesús, el Ángel del Señor dice a los pastores: «Os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor» (Lc 2,11).
Y los Magos que buscaban al niño, «al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría» (Mt 2,10). El motivo de esta alegría es, por lo tanto, la cercanía de Dios, que se ha hecho uno de nosotros. Esto es lo que san Pablo quiso decir cuando escribía a los cristianos de Filipos: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca» (Flp 4,4-5). La primera causa de nuestra alegría es la cercanía del Señor, que me acoge y me ama.
En efecto, el encuentro con Jesús produce siempre una gran alegría interior. Lo podemos ver en muchos episodios de los Evangelios. Recordemos la visita de Jesús a Zaqueo, un recaudador de impuestos deshonesto, un pecador público, a quien Jesús dice: «Es necesario que hoy me quede en tu casa». Y san Lucas dice que Zaqueo «lo recibió muy contento» (Lc 19,5-6). Es la alegría del encuentro con el Señor; es sentir el amor de Dios que puede transformar toda la existencia y traer la salvación. Zaqueo decide cambiar de vida y dar la mitad de sus bienes a los pobres.
En la hora de la pasión de Jesús, este amor se manifiesta con toda su fuerza. Él, en los últimos momentos de su vida terrena, en la cena con sus amigos, dice: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor… Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud» (Jn 15,9.11). Jesús quiere introducir a sus discípulos y a cada uno de nosotros en la alegría plena, la que Él comparte con el Padre, para que el amor con que el Padre le ama esté en nosotros (cf. Jn 17,26). La alegría cristiana es abrirse a este amor de Dios y pertenecer a Él
Los Evangelios relatan que María Magdalena y otras mujeres fueron a visitar el sepulcro donde habían puesto a Jesús después de su muerte y recibieron de un Ángel una noticia desconcertante, la de su resurrección. Entonces, así escribe el Evangelista, abandonaron el sepulcro a toda prisa, «llenas de miedo y de alegría», y corrieron a anunciar la feliz noticia a los discípulos. Jesús salió a su encuentro y dijo: «Alegraos» (Mt 28,8-9). Es la alegría de la salvación que se les ofrece: Cristo es el viviente, es el que ha vencido el mal, el pecado y la muerte. Él está presente en medio de nosotros como el Resucitado, hasta el final de los tiempos (cf. Mt 28,21). El mal no tiene la última palabra sobre nuestra vida, sino que la fe en Cristo Salvador nos dice que el amor de Dios es el que vence.
Esta profunda alegría es fruto del Espíritu Santo que nos hace hijos de Dios, capaces de vivir y gustar su bondad, de dirigirnos a Él con la expresión «Abba», Padre (cf. Rm 8,15). La alegría es signo de su presencia y su acción en nosotros.

3. Conservar en el corazón la alegría cristiana
Aquí nos preguntamos: ¿Cómo podemos recibir y conservar este don de la alegría profunda, de la alegría espiritual?
Un Salmo dice: «Sea el Señor tu delicia, y él te dará lo que pide tu corazón» (Sal 37,4). Jesús explica que «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo» (Mt 13,44). Encontrar y conservar la alegría espiritual surge del encuentro con el Señor, que pide que le sigamos, que nos decidamos con determinación, poniendo toda nuestra confianza en Él. Queridos jóvenes, no tengáis miedo de arriesgar vuestra vida abriéndola a Jesucristo y su Evangelio; es el camino para tener la paz y la verdadera felicidad dentro de nosotros mismos, es el camino para la verdadera realización de nuestra existencia de hijos de Dios, creados a su imagen y semejanza.
Buscar la alegría en el Señor: la alegría es fruto de la fe, es reconocer cada día su presencia, su amistad: «El Señor está cerca» (Flp 4,5); es volver a poner nuestra confianza en Él, es crecer en su conocimiento y en su amor. El «Año de la Fe», que iniciaremos dentro de pocos meses, nos ayudará y estimulará. Queridos amigos, aprended a ver cómo actúa Dios en vuestras vidas, descubridlo oculto en el corazón de los acontecimientos de cada día. Creed que Él es siempre fiel a la alianza que ha sellado con vosotros el día de vuestro Bautismo. Sabed que jamás os abandonará. Dirigid a menudo vuestra mirada hacia Él. En la cruz entregó su vida porque os ama. La contemplación de un amor tan grande da a nuestros corazones una esperanza y una alegría que nada puede destruir. Un cristiano nunca puede estar triste porque ha encontrado a Cristo, que ha dado la vida por él.
Buscar al Señor, encontrarlo, significa también acoger su Palabra, que es alegría para el corazón. El profeta Jeremías escribe: «Si encontraba tus palabras, las devoraba: tus palabras me servían de gozo, eran la alegría de mi corazón» (Jr 15,16). Aprended a leer y meditar la Sagrada Escritura; allí encontraréis una respuesta a las preguntas más profundas sobre la verdad que anida en vuestro corazón y vuestra mente. La Palabra de Dios hace que descubramos las maravillas que Dios ha obrado en la historia del hombre y que, llenos de alegría, proclamemos en alabanza y adoración: «Venid, aclamemos al Señor… postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro» (Sal 95,1.6).
La Liturgia en particular, es el lugar por excelencia donde se manifiesta la alegría que la Iglesia recibe del Señor y transmite al mundo. Cada domingo, en la Eucaristía, las comunidades cristianas celebran el Misterio central de la salvación: la muerte y resurrección de Cristo. Este es un momento fundamental para el camino de cada discípulo del Señor, donde se hace presente su sacrificio de amor; es el día en el que encontramos al Cristo Resucitado, escuchamos su Palabra, nos alimentamos de su Cuerpo y su Sangre. Un Salmo afirma: «Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo» (Sal 118,24). En la noche de Pascua, la Iglesia canta el Exultet, expresión de alegría por la victoria de Jesucristo sobre el pecado y la muerte: «¡Exulte el coro de los ángeles… Goce la tierra inundada de tanta claridad… resuene este templo con las aclamaciones del pueblo en fiesta!».
La alegría cristiana nace del saberse amados por un Dios que se ha hecho hombre, que ha dado su vida por nosotros y ha vencido el mal y la muerte; es vivir por amor a él. Santa Teresa del Niño Jesús, joven carmelita, escribió: «Jesús, mi alegría es amarte a ti» (Poesía 45/7).
4. La alegría del amor
Queridos amigos, la alegría está íntimamente unida al amor; ambos son frutos inseparables del Espíritu Santo (cf. Ga 5,23). El amor produce alegría, y la alegría es una forma del amor. La beata Madre Teresa de Calcuta, recordando las palabras de Jesús: «hay más dicha en dar que en recibir» (Hch 20,35), decía: «La alegría es una red de amor para capturar las almas. Dios ama al que da con alegría. Y quien da con alegría da más». El siervo de Dios Pablo VI escribió: «En el mismo Dios, todo es alegría porque todo es un don» (Ex. ap. Gaudete in Domino, 9 mayo 1975).
Pensando en los diferentes ámbitos de vuestra vida, quisiera deciros que amar significa constancia, fidelidad, tener fe en los compromisos. Y esto, en primer lugar, con las amistades. Nuestros amigos esperan que seamos sinceros, leales, fieles, porque el verdadero amor es perseverante también y sobre todo en las dificultades. Y lo mismo vale para el trabajo, los estudios y los servicios que desempeñáis. La fidelidad y la perseverancia en el bien llevan a la alegría, aunque ésta no sea siempre inmediata.
Para entrar en la alegría del amor, estamos llamados también a ser generosos, a no conformarnos con dar el mínimo, sino a comprometernos a fondo, con una atención especial por los más necesitados. El mundo necesita hombres y mujeres competentes y generosos, que se pongan al servicio del bien común. Esforzaos por estudiar con seriedad; cultivad vuestros talentos y ponedlos desde ahora al servicio del prójimo. Buscad el modo de contribuir, allí donde estéis, a que la sociedad sea más justa y humana. Que toda vuestra vida esté impulsada por el espíritu de servicio, y no por la búsqueda del poder, del éxito material y del dinero.
A propósito de generosidad, tengo que mencionar una alegría especial; es la que se siente cuando se responde a la vocación de entregar toda la vida al Señor. Queridos jóvenes, no tengáis miedo de la llamada de Cristo a la vida religiosa, monástica, misionera o al sacerdocio. Tened la certeza de que colma de alegría a los que, dedicándole la vida desde esta perspectiva, responden a su invitación a dejar todo para quedarse con Él y dedicarse con todo el corazón al servicio de los demás. Del mismo modo, es grande la alegría que Él regala al hombre y a la mujer que se donan totalmente el uno al otro en el matrimonio para formar una familia y convertirse en signo del amor de Cristo por su Iglesia.
Quisiera mencionar un tercer elemento para entrar en la alegría del amor: hacer que crezca en vuestra vida y en la vida de vuestras comunidades la comunión fraterna. Hay vínculo estrecho entre la comunión y la alegría. No en vano san Pablo escribía su exhortación en plural; es decir, no se dirige a cada uno en singular, sino que afirma: «Alegraos siempre en el Señor» (Flp 4,4). Sólo juntos, viviendo en comunión fraterna, podemos experimentar esta alegría. El libro de los Hechos de los Apóstoles describe así la primera comunidad cristiana: «Partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón» (Hch 2,46). Empleaos también vosotros a fondo para que las comunidades cristianas puedan ser lugares privilegiados en que se comparta, se atienda y cuiden unos a otros.

5. La alegría de la conversión
Queridos amigos, para vivir la verdadera alegría también hay que identificar las tentaciones que la alejan. La cultura actual lleva a menudo a buscar metas, realizaciones y placeres inmediatos, favoreciendo más la inconstancia que la perseverancia en el esfuerzo y la fidelidad a los compromisos. Los mensajes que recibís empujar a entrar en la lógica del consumo, prometiendo una felicidad artificial. La experiencia enseña que el poseer no coincide con la alegría. Hay tantas personas que, a pesar de tener bienes materiales en abundancia, a menudo están oprimidas por la desesperación, la tristeza y sienten un vacío en la vida. Para permanecer en la alegría, estamos llamados a vivir en el amor y la verdad, a vivir en Dios.
La voluntad de Dios es que nosotros seamos felices. Por ello nos ha dado las indicaciones concretas para nuestro camino: los Mandamientos. Cumpliéndolos encontramos el camino de la vida y de la felicidad. Aunque a primera vista puedan parecer un conjunto de prohibiciones, casi un obstáculo a la libertad, si los meditamos más atentamente a la luz del Mensaje de Cristo, representan un conjunto de reglas de vida esenciales y valiosas que conducen a una existencia feliz, realizada según el proyecto de Dios. Cuántas veces, en cambio, constatamos que construir ignorando a Dios y su voluntad nos lleva a la desilusión, la tristeza y al sentimiento de derrota. La experiencia del pecado como rechazo a seguirle, como ofensa a su amistad, ensombrece nuestro corazón.
Pero aunque a veces el camino cristiano no es fácil y el compromiso de fidelidad al amor del Señor encuentra obstáculos o registra caídas, Dios, en su misericordia, no nos abandona, sino que nos ofrece siempre la posibilidad de volver a Él, de reconciliarnos con Él, de experimentar la alegría de su amor que perdona y vuelve a acoger.
Queridos jóvenes, ¡recurrid a menudo al Sacramento de la Penitencia y la Reconciliación! Es el Sacramento de la alegría reencontrada. Pedid al Espíritu Santo la luz para saber reconocer vuestro pecado y la capacidad de pedir perdón a Dios acercándoos a este Sacramento con constancia, serenidad y confianza. El Señor os abrirá siempre sus brazos, os purificará y os llenará de su alegría: habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierte (cf. Lc 15,7).

6. La alegría en las pruebas
Al final puede que quede en nuestro corazón la pregunta de si es posible vivir de verdad con alegría incluso en medio de tantas pruebas de la vida, especialmente las más dolorosas y misteriosas; de si seguir al Señor y fiarse de Él da siempre la felicidad.
La respuesta nos la pueden dar algunas experiencias de jóvenes como vosotros que han encontrado precisamente en Cristo la luz que permite dar fuerza y esperanza, también en medio de situaciones muy difíciles. El beato Pier Giorgio Frassati (1901-1925) experimentó tantas pruebas en su breve existencia; una de ellas concernía su vida sentimental, que le había herido profundamente. Precisamente en esta situación, escribió a su hermana: «Tú me preguntas si soy alegre; y ¿cómo no podría serlo? Mientras la fe me de la fuerza estaré siempre alegre. Un católico no puede por menos de ser alegre… El fin para el cual hemos sido creados nos indica el camino que, aunque esté sembrado de espinas, no es un camino triste, es alegre incluso también a través del dolor» (Carta a la hermana Luciana, Turín, 14 febrero 1925). Y el beato Juan Pablo II, al presentarlo como modelo, dijo de él: «Era un joven de una alegría contagiosa, una alegría que superaba también tantas dificultades de su vida» (Discurso a los jóvenes, Turín, 13 abril 1980).
Más cercana a nosotros, la joven Chiara Badano (1971-1990), recientemente beatificada, experimentó cómo el dolor puede ser transfigurado por el amor y estar habitado por la alegría. A la edad de 18 años, en un momento en el que el cáncer le hacía sufrir de modo particular, rezó al Espíritu Santo para que intercediera por los jóvenes de su Movimiento. Además de su curación, pidió a Dios que iluminara con su Espíritu a todos aquellos jóvenes, que les diera la sabiduría y la luz: «Fue un momento de Dios: sufría mucho físicamente, pero el alma cantaba» (Carta a Chiara Lubich, Sassello, 20 de diciembre de 1989). La clave de su paz y alegría era la plena confianza en el Señor y la aceptación de la enfermedad como misteriosa expresión de su voluntad para su bien y el de los demás. A menudo repetía: «Jesús, si tú lo quieres, yo también lo quiero».
Son dos sencillos testimonios, entre otros muchos, que muestran cómo el cristiano auténtico no está nunca desesperado o triste, incluso ante las pruebas más duras, y muestran que la alegría cristiana no es una huída de la realidad, sino una fuerza sobrenatural para hacer frente y vivir las dificultades cotidianas. Sabemos que Cristo crucificado y resucitado está con nosotros, es el amigo siempre fiel. Cuando participamos en sus sufrimientos, participamos también en su alegría. Con Él y en Él, el sufrimiento se transforma en amor. Y ahí se encuentra la alegría (cf. Col 1,24).

7. Testigos de la alegría
Queridos amigos, para concluir quisiera alentaros a ser misioneros de la alegría. No se puede ser feliz si los demás no lo son. Por ello, hay que compartir la alegría. Id a contar a los demás jóvenes vuestra alegría de haber encontrado aquel tesoro precioso que es Jesús mismo. No podemos conservar para nosotros la alegría de la fe; para que ésta pueda permanecer en nosotros, tenemos que transmitirla. San Juan afirma: «Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis en comunión con nosotros… Os escribimos esto, para que nuestro gozo sea completo» (1Jn 1,3-4).
A veces se presenta una imagen del Cristianismo como una propuesta de vida que oprime nuestra libertad, que va contra nuestro deseo de felicidad y alegría. Pero esto no corresponde a la verdad. Los cristianos son hombres y mujeres verdaderamente felices, porque saben que nunca están solos, sino que siempre están sostenidos por las manos de Dios. Sobre todo vosotros, jóvenes discípulos de Cristo, tenéis la tarea de mostrar al mundo que la fe trae una felicidad y alegría verdadera, plena y duradera. Y si el modo de vivir de los cristianos parece a veces cansado y aburrido, entonces sed vosotros los primeros en dar testimonio del rostro alegre y feliz de la fe. El Evangelio es la «buena noticia» de que Dios nos ama y que cada uno de nosotros es importante para Él. Mostrad al mundo que esto de verdad es así.
Por lo tanto, sed misioneros entusiasmados de la nueva evangelización. Llevad a los que sufren, a los que están buscando, la alegría que Jesús quiere regalar. Llevadla a vuestras familias, a vuestras escuelas y universidades, a vuestros lugares de trabajo y a vuestros grupos de amigos, allí donde vivís. Veréis que es contagiosa. Y recibiréis el ciento por uno: la alegría de la salvación para vosotros mismos, la alegría de ver la Misericordia de Dios que obra en los corazones. En el día de vuestro encuentro definitivo con el Señor, Él podrá deciros: «¡Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu señor!» (Mt 25,21).
Que la Virgen María os acompañe en este camino. Ella acogió al Señor dentro de sí y lo anunció con un canto de alabanza y alegría, el Magníficat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador» (Lc 1,46-47). María respondió plenamente al amor de Dios dedicando a Él su vida en un servicio humilde y total. Es llamada «causa de nuestra alegría» porque nos ha dado a Jesús. Que Ella os introduzca en aquella alegría que nadie os podrá quitar.
Vaticano, 15 de marzo de 2012

Fuente: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/messages/youth/documents/hf_ben-xvi_mes_20120315_youth_sp.html


Acompañando a los Dirigentes Parroquiales

Bajo el lema “Firmes en la Fe, testigos en el mundo, juntos con María caminamos hacia Luján”, el pasado 24 de marzo, el Equipo Diocesano de Formación, acompañó a los Dirigentes Parroquiales en el marco del “Encuentro de Responsables” organizado por la Comisión Diocesana de Aspirantes de la ACA de Paraná.

El mismo contó con la participación de Responsables y Referentes del Área Aspirantes, quienes desarrollan su tarea dirigencial como tal, en las distintas comunidades  de la ciudad de Paraná, en las que la Acción Católica ofrece sus espacios formativos para los más pequeños de la institución: Los Aspis.

Los objetivos que orientaron el encuentro fueron:
-Reflexionar sobre nuestra tarea y misión como dirigentes de Acción Católica.
-Redescubrir nuestra vocación a la luz del llamado a ser testigos  misioneros en el servicio de liderar un grupo de hermanos en la vocación a la Acción Católica.

Para ello, en un primer momento, compartimos la lectura del Evangelio. (Juan 2, 1-10). Así, nos adentramos al pedido de Nuestra Madre de Luján, que en el camino hacia la XXVII Asamblea Federal, nos dice “Hagan todo lo que Él les diga…” Como dirigentes, nuestra respuesta es ser Sembradores de esperanza, servidores de la vida.
Meditamos, también, una lectura del Evangelio de San Marcos (Cap.3, 13-19) referida al llamado.

En un segundo momento, todos alrededor de una gran mesa y con mate de por medio, pasamos a conversar e intentar repensar sobre el “Ser  dirigentes en la Acción Católica”. Así, reflexionamos sobre algunos puntos que nos ayudaron a rumiar sobre nuestra tarea y misión, como Discípulos Misioneros en la Acción Católica. Son los siguientes:
1- Redescubrir el plan de Dios sobre nosotros y su llamado a seguirlo como discípulos misioneros desde la tarea dirigencial en la Acción Católica.
– Es Jesús quien nos invita y nos propone –concretamente- ser Dirigentes. Este llamado de Jesús, nos interpela a descubrir nuestra vocación, la cual encierra una Misión.
– Nuestra respuesta a ser dirigentes es un modo de asumir la realidad de Nuestra vocación laical como discípulos y misioneros de Jesús desde la Acción Católica.

2- Comprometernos a colaborar con “Jesús Maestro” desde el rol específico de dirigentes, en la Iglesia y en los ambientes donde vivimos como laicos.
– Cuando hacemos propio el llamado de Jesús, nos estamos comprometiendo con su Misión.
– No existe un compromiso teórico o abstracto. Mediante este compromiso, estamos aportando y siendo parte de la Misión de La
Iglesia de un modo particular, que consiste en conducir, acompañar, ordenar.
– Decir “sí” a ser Dirigentes, implica Afianzar el encuentro a Jesús Maestro como discípulos y su seguimiento en la misión.
– Decir sí, implica ser laicos comprometidos con Jesús, con la Iglesia y con el mundo

3- Asumir que el dirigente de Acción Católica, no es cualquier dirigente, es dirigente de una Institución eclesial, cuya misión es nada más y nada menos que la evangelización.
– Decir “si” a ser Dirigente en la Acción Católica significa aceptar su identidad, su carisma; su misión.
– Decir “Sí” a ser dirigente, implica un servicio, en primer lugar, a la Institución, a la misión que ella tiene, por eso es necesario
repensar todo lo que hacemos en una dimensión evangelizadora. En segundo lugar, a nuestra gente, a las personas que llegan a nosotros. Sabiendo que llegan, porque, Dios lo quiere. Por eso, se merecen de nosotros “Lo mejor”. Ellos son nuestra primera tierra de misión.

4- Identificar el nivel de participación dentro de la institución, como lugar de servicio: Nivel Nacional – Diocesano – Parroquial
– Los Niveles en la Acción Católica, como en la Iglesia, son Lugares de Servicio.
– Cuando asumimos, desde nuestra parroquia una tarea dirigencial, nos ponemos al servicio del propio grupo, en los que cada uno de nosotros le hemos dicho “sí” a Jesús, creciendo en todos los aspectos de nuestra vida.

5- Potenciar en nosotros los valores que Jesús nos propone para ser “testigos” en el grupo y en la comunidad:
– El dirigente es un “testigo” más que maestro; y si es maestro lo es en virtud de que es testigo.
– Decir que “si” libre y personalmente implica aceptar para nuestra vida joven o adulta: el estilo de vida de Jesús; su mensaje; sus valores.
– Los valores de Jesús y su mensaje pasan a ser nuestros valores y nuestro mensaje en el modo de vivir, pensar, actuar de cada día.
– De allí, que sólo el dirigente que funda su opción de vida y misión en la persona de Jesús y en los valores del Evangelio hará de su servicio una verdadera tarea directiva, animadora, promotora de personas y de laicos cristianos, en la Acción Católica.
– Por eso, el dirigente, educa con el ejemplo, encarnando los valores y el estilo de vida de Jesús y así es testigo en medio de su grupo.
– El dirigente como testigo anuncia, anima, conduce a su grupo en la comunidad.

6- Desempeñar un rol de Liderazgo:
– En la Acción Católica, el líder, el dirigente, está comprometido con su misión: La evangelización.
– Aquel dirigente, que asume su camino de discipulado y testigo es para su comunidad un verdadero líder. Porque vive su tarea no con el poder del dominio sino con la “mística del servicio”
– Para nosotros dirigir es servir a la formación de las personas y a su misión evangelizadora para alcanzar el encuentro con Jesús que
los haga plenamente felices.
– Por eso la tarea de liderar, de conducir, implica: Orientar, guiar, educar, formar, Resolver situaciones, Prever, planificar con la
comunidad de hermanos a quienes ofrecemos nuestro servicio.
– Somos dirigentes de un proyecto comunitario, considerando que las personar pueden lograr mejor sus fines si alguien asume el rol
de conducirlas.
– Nuestra autoridad está basada en el Servicio, por eso cuanto más servidores somos, más autoridad vamos a tener y cuánto
más autoridad tengamos, más servidores debemos ser.
– El dirigente de Acción Católica no está por encima de nadie. Sino que camina al lado de todos.

A continuación, rescatando la riqueza de los Documentos Institucionales, como son “El Proyecto Institucional”, el “Estatuto y Reglamento”, y el Taller 1 del Plan Nacional de Formación de Dirigentes, correspondiente al Trayecto para Dirigentes Parroquiales, focalizamos la mirada sobre “El servicio del dirigente del Área Aspirantes según su  rol”

La función dirigencial en el Área Aspirantes se lleva adelante en tres roles:
Responsables de área
– Delegados
– Colaboradores

Los responsables de Área forman parte (o formarán parte en la medida que vaya creciendo la Acción Católica en una comunidad) del Consejo Parroquial como vocales, participando así en el organismo de conducción y ejecución de las resoluciones que toma la Asamblea una vez al año para toda la Acción Católica de una comunidad, a partir de la propuesta nacional y diocesana, que se encarna en la pastoral concreta de esa diócesis y parroquia.

Los “delegados” acompañan a los responsables en la tarea de animar los grupos. Son, designados por el Consejo parroquial, a propuesta de lo responsables de las Áreas de Aspirantes y jóvenes que conocen a su militantes.

A cada delegado lo acompañan, si es posible, algunos colaboradores (también jóvenes) que participan junto con él o ella en la animación de la vida del grupo. La cantidad de los mismos dependerá del número de integrantes de cada grupo de militancia.

Estos delegados de cada grupo de militancia y sección conforman la Comisión de Área Aspirantes, que está coordinada por los Responsables del Área, un varón y una mujer comprendido entre los 18 y 30 años.

Las tareas de una Comisión de Área en una comunidad son:
_ Animar el crecimiento de los grupos.
_ Orientar el proceso formativo y apostólico de acuerdo al Plan de Formación Permanente.
_ Promover el compromiso evangelizador.
_ Planificar los caminos de acción a partir de las metas del Consejo, encarnadas para la realidad juvenil.
_ Animar la vida de oración de los grupos.
_ Participar de los organismos de conducción

Funciones del Responsable de Área

  • Planificar y revisar periódicamente, los objetivos propios del área junto con los delegados, monitoreando las actividades realizadas.
  • Elaborar junto con los delegados del área los informes periódicos solicitados por el consejo diocesano.
  • Estudiar y preparar los materiales y recursos de formación.
  • Preocuparse de la formación de los miembros del grupo, organizando actividades formativas propias para los grupos junto a los delegados (Retiros, convivencias…).
  • Procurar que tengan la adecuada vida espiritual y animar al encuentro personal con Cristo.
  • Organizar actividades específicas de carácter formativo o lúdico, siempre que lo considere necesario o se lo soliciten los delegados de los grupos, para fomentar el contacto con y entre ellos.
  • Enseñar a amar a la Iglesia y a descubrir el sentido de la Militancia y de asociacionismo dentro de la misma y de la Acción Católica.
  • Ofrecer su experiencia de Cristo dentro de la Acción Católica.
  • Responsabilizarse del equipo, coordinarlo y servir de enlace con las demás áreas haciendo llegar la información pertinente y animando a participar en las actividades que se les indique.
  • Asistir a las reuniones que convocan el Consejo parroquial y la Comisión Diocesana del Área.
  • Convocar y presidir las reuniones de la comisión de área parroquial (delegados)
  • Difundir el material diocesano (carteles, documentos, folletos, material de preparación para la asamblea nacional) asegurándose de que llega a los delegados y animando a la participación en las actividades propuestas.
  • Transmitir, especialmente las necesidades y propuestas de los delegados parroquiales al consejo parroquial y al área diocesana.
  • Animar a través de los delegados parroquiales la participación de los militantes en las actividades que ofrece la Acción Católica parroquial y diocesana estando atento a las necesidades concretas que se puedan presentar.
  • Conocer la realidad de los grupos de militancia, sus dificultades y propuestas en cuanto a la dinámica de las reuniones para que todos puedan aportar posibles soluciones a sus problemas.
  • Realizar cuantas acciones estime oportunas para fomentar la militancia dentro del área
  • Actualizar periódicamente los datos de los militantes solicitando a los delegados listas actualizadas y los cambios que se puedan producir.
  • Estar atento a las necesidades de los demás Responsables, delegados y colaboradores parroquiales.
  • Fomentar el uso de la credencial, símbolo de pertenencia a la Acción Católica Argentina para que se extienda su utilización entre los militantes que asisten regularmente a las reuniones parroquiales.
  • Trabajar en estrecha unión con los sacerdotes de la Parroquia: Siendo un eficaz colaborador. No sobrecargando de trabajo. Presentando proyectos ya madurados para que dé su aprobación.
  • Prestar ayuda a los sacerdotes y otros grupos de la parroquia en lo que necesiten, para dar más difusión a sus actividades e iniciativas.

BIBLIOGRAFÍA:

– Sagradas Escrituras
– Catecismo de la Iglesia Católica.
http://www.vatican.va/archive/ESL0022/_INDEX.HTM

– Christisfideles Laici:
http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/apost_exhortations/d
ocuments/hf_jp-ii_exh_30121988_christifideles-laici_en.html

– Documento Conclusivo de Aparecida.
http://www.celam.org/conferencias/Documento_Conclusivo_Aparecida.
pdf

– Proyecto Institucional
http://www.accioncatolica.org.ar/wp-
content/uploads/2010/09/Proyecto.zip

– Estatuto y Reglamento de Acción Católica.
http://www.accioncatolica.org.ar/?p=4393

– Acción Católica Argentina. Equipo Nacional De Formación.
Plan Nacional de Formación de Dirigentes. Trayecto para Dirigentes
Parroquiales. “TALLER 1. Los dirigentes de la Acción Católica: laicos
comprometidos con Jesús, con la Iglesia y con el mundo”. Mayo, 2011.
http://www.accioncatolica.org.ar/?p=4592

 

Semana Santa, tiempos de amor


Una Santa Semana inicia, son tiempos de Amor…
Por eso, la ACA de Paraná se une en oración.

El martes 03/04, de 21hs a 22hs. se realizará una Adoración Eucarística, en la Capilla Sta. Gianna Beretta Molla – de “La Sede de ACA”. (Buenos Aires 377)

Capitalicemos este tiempo de enseñanza en El AMOR.
Qué mejor que reunirnos, y que el Padre nos encuentre orando.

¡Hemos conocido el Amor de Dios… quién se anime a morir con Cristo, Resucitará!
ALABADO SEA JESUCRISTO

Día del padrino de oficialización

Este jueves es el Día del Padrino de Oficialización de Acción Católica.

Un día para pensar, visitar, hablar agradecer y rezar por quienes guían a los oficializados en la institución en el concreto camino de su Vocación de Acción Católica.
¿Y por qué se celebra el Día del Padrino de Oficialización el 29 de Marzo?

Porque ese día, pero del año 1979, hacía su paso a la eternidad Monseñor Bidal, que fue un hombre fiel a su vocación y que, aunque cuando apareció la Acción Católica no quería saber nada porque consideraba que “era un invento de los porteños”, e incluso estaba dispuesto a boicotearla, hasta que, estando en Gualeguaychú, fue nombrado asesor y al estudiar bien de que se trataba, Monseñor Bidal, con entusiasmo dijo en sus memorias:

“Me declaro Apóstol de la Acción Católica”.

Desde allí,en cada ciudad y pueblo donde le tocó estar,formaba Acción Católica, llegando a tener grupos con más de 450 militantes.

El padre Bidal no podía vivir sin la Acción Católica, y no quería morir sin ella, por eso, al considerarlo un gran impulsor, y verdadero PADRINO de la Acción Católica del país, este jueves, por primera vez, celebraremos el Día del Padrino de Oficialización.

¡Alabado sea Jesucristo!!!

Sitio de la Acción Católica de la Arquidiócesis de Paraná, Argentina